EL MERCADO LABORAL JUVENIL HA CAMBIADO SUS REGLAS DE JUEGO, GENERANDO MAYOR EXCLUSIÓN. POR ESO, LA TAREA, HOY, ES DISMINUIR ESA BRECHA, FORTALECIENDO LAS CAPACIDADES DE LOS GRUPOS VULNERABLES.
Hablemos claro. La situación del trabajo juvenil en el Perú tiene dos rostros diferentes. Por un lado, el de aquellos que se insertan a la fuerza laboral bien rentada, gracias a su nivel educativo y aptitudes personales; y por otro, el de los subempleados y desempleados: población que, según el INEI, suma el 60% de la Población Económicamente Activa (PEA) menor de 25 años. Esto quiere decir que para algunos el país representa una plaza profesional y económica atractiva, debido a su posición preferente como egresados universitarios y técnicos calificados; en tanto, para los menos favorecidos es sinónimo de malas remuneraciones y una calidad de vida disminuida.
Las estadísticas no pueden ser más claras. Según la Encuesta Nacional de Hogares sobre Condiciones de Vida y Pobreza Continua 2008, de los ocho millones de jóvenes (entre 14 a 28 años) que viven en el territorio, un millón setecientos mil no estudian ni trabajan; cuatro millones trescientos mil lo hacen bajo condiciones precarias; y apenas setecientos mil reciben un sueldo adecuado.
INSERCIÓN DESIGUAL
La coyuntura laboral plantea varios retos para el joven de hoy: ingresar pronto al mercado productivo, capacitarse en actividades prácticas, estudiar una carrera, entre otros. Pero, valgan verdades, no todos están en capacidad de adaptarse a tales requerimientos, sea por su situación económica o condiciones sociales con las que coexisten; llámense marginación, disfunción familiar y violencia estructural. Lamentablemente, en un medio tan competitivo como el actual, cada capacidad ausente, así como el tiempo que le tome a la persona adquirirla o compensarla, reduce notoriamente sus posibilidades de conseguir una plaza digna.
De esta manera, si un recién egresado de una escuela no mejora su empleabilidad a corto plazo, le resultará muy complicado ubicarse en el mercado formal del trabajo. Entonces, posiblemente lo haga en el informal, como dependiente mal asalariado o se autoemplee en alguna actividad de escasa remuneración, tal como sucede con el 47% de la PEA juvenil, de acuerdo con el INEI.
También cabe la posibilidad de que tome concientemente la decisión de mantenerse desocupado, como respuesta a la “desilusión de no encontrar una actividad que llene sus expectativas”, en opinión de la doctora Liuba Kogan, antropóloga de la Pontificia Universidad Católica (PUCP). Por lo general, dicha situación suele trascender el ámbito estrictamente laboral para convertirse en germen de la violencia organizada. “Los chicos desarrollan su identidad en base a un grupo de referencia. Luego de la escuela, la universidad o el centro laboral son los espacios destinados a formarlos. Pero ante su ausencia, es normal que los remplacen por grupos menos positivos como pandillas”, añade.
Advirtiendo esta realidad, el Estado y algunas organizaciones internacionales como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) vienen implementando estrategias que le permitan a estos grupos vulnerables mejorar su acceso a un trabajo decoroso. En el país, iniciativas como ProJoven pueden considerarse positivos. El programa, puesto en marcha desde 1997, ha beneficiado a la fecha a 74.524 personas en quince provincias del territorio nacional. Todos sus miembros recibieron capacitación técnica, información de base y ayuda para conseguir un puesto laboral. Adicionalmente, el Gobierno acaba de anunciar su plan sectorial de promoción juvenil que durará hasta el 2012. La propuesta cuenta con un presupuesto de 220 millones de soles y tiene el ambicioso objetivo de mejorar el empleo de 172.000 muchachos de los estratos más necesitados. Continuar